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8° Mandamiento: Deben dejar de sentir compasión por los Tutsis.

En 1990, el medio de comunicación ruandés pro-genocidio llamado Kangura publicó lo que se conoció como "Los Diez Mandamientos Hutu", y dichos mandamientos fueron como ley divina para un pueblo profundamente devoto de la fe.  El desarrollo de la compasión es lo que nos caracteriza como seres humanos, y el octavo mandamiento llamaba a la cancelación de esta cualidad y emoción, lo que es igual a pedirle a seres humanos que dejen de ser humanos.  En todo conflicto, es fácil sentirse identificado con las víctimas y sentir compasión por ellas. ¿Saben que es lo difícil? Identificarse con los perpetradores de los hechos y sentir compasión por ellos.  Durante los primeros días en Ruanda mi mente inconscientemente intentaba identificar a las personas en la calle de acuerdo a su pertenencia a una etnia en específico. Me sentí muy culpable y avergonzado.  Quería saber quienes eran víctimas y quienes podían haber sido potenciales victimarios.  Cuando fui al Museo "Campaña contra el G

Mi Regreso a Morrocoy.

Morrocoy y sus colores que enamoran.

Después de casi 7 meses regresé al Parque Nacional Morrocoy. Esta vez fue diferente. El lugar había cambiado solo un poco pero yo definitivamente no era el mismo. Morrocoy fue uno de los primeros lugares que visité cuando empecé a viajar. Llegué allí –la primera vez- con una mochila muy pesada, se me notaba lo novato a leguas. Solo estuve en Morrocoy 4 horas, mis planificaciones eran muy locas, quería visitar tantos lugares posibles en el menor tiempo –esto hacía que no me viviese el momento- y de allí partí a Coro, pero eso es otro cuento.

En esta ocasión me quedé dos días. Acampé a metros de la playa. Me gocé lo cristalina de las aguas, sus azules, los amaneceres, los atardeceres y fui feliz. Salí de Caracas más tarde de lo que me esperaba –ya estoy acostumbrado a decir lo mismo- debo empezar a salir más temprano, aunque me cueste. El plan inicial del viaje era colaborar con una Organización para ayudar a la migración del Cangrejo Azul pero por motivos ajenos a mi voluntad no pude asistir. Viajé un miércoles, me encanta viajar entre semana. Hice escala en Valencia para ahorrarme unos churupitos –desde Caracas el pasaje es muy costoso-  apenas llegué al Big Low busqué los baños y mi vejiga me lo agradeció. Había bebido mucha agua y además estaba nervioso por el viaje –o quizás era ansiedad-. Consigo puesto en el autobús que va saliendo para Tucacas y lo tomo.

No sé en qué momento pasó. No sé cómo. El tirante de mi mochila se había desprendido del amarre. Esto me costó cuando llegué a Tucacas una inflamación en la zona lumbar por la forma en la que llevaba mi mochila. Necesitaba un alambre para improvisar un amarre pero había la posibilidad de que me cerraran la entrada al Parque Nacional que según horarios disponibles en internet, permanecía abierto hasta las 5:00 pm. Eran las 4:50 pm cuando llegué a Tucacas. No quería ver el reloj. Solo quería llegar a la playa y buscar un lugar para acampar.

De por sí, intentar planificar este viaje fue complicado. Intentaba llamar a INPARQUES-Tucacas para que me asesoraran sobre los lugares para acampar y pedir otras informaciones y NUNCA respondieron. La información disponible en internet es solo para ofrecer paquetes de viaje, hoteles, posadas, etc. Llamé a la oficina principal de INPARQUES en Caracas, ellos no tenían información y quien me atendió dudaba si Morrocoy se encontraba en el estado Falcón. Lo que menos necesitaba era encontrarme con la entrada al Parque Nacional cerrada.

No sabía si me permitirían acampar, yo iba dispuesto a llorarle al Guarda-parques si era necesario. Caminé hasta un poco antes de la entrada. En el camino me topé con gente que venía con paquetes de arroz y caraotas, supongo que fue lo que vendieron ese día. Confirmo que el parque sigue abierto. Muchos bañistas venían de allá. Espero por los mismos camioncitos que me llevaron al parque la primera vez. Después de 10 minutos esperando, nada que pasaba alguno, en mi mente contaba hasta 30, si llegaba a cero y no veía ningún carro me iría caminando. Alargue los últimos segundos porque realmente lo que menos quería era caminar. Cuando la cuenta va por 1 ½  aparece a lo lejos uno. Cuando se acerca, saco la mano y se para. Atrás iban unos pescadores que iban camino a la faena. Me desearon un feliz viaje y bajaron justo antes de entrar al parque, en el Puerto de Tucacas.

Una vez  dentro del parque –aun en el camioncito- me sentía mucho más aliviado, sin importar el dolor en la zona lumbar, sin importar el inconveniente con la mochila, ya estaba en Morrocoy y pronto estaría armando mi casita desmontable. Disfruto de la brisa que trae olor a la laguna, olor a manglar, olor a mar.

Camino a la Playa. 

El camión se detiene, me bajo y ya estaba en la playa Punta Brava. Los mismos azules y las mismas palmeras me dan la bienvenida. Había una parte de la playa repleta de algas –supongo que es la temporada-. Camino por la arena mientras cae el atardecer buscando un lugar para acampar. Unas corocoras entre los manglares hacen que pierda la vista locamente, el contraste era perfecto. Encuentro un lugar, no sé si era el mejor pero estaba muy cansado como para seguir caminando.

Me sorprende la cantidad de basura que se encuentra hacia estos lados, alejado de los lugares principales, alejado del puesto de Guarda-parques. Esto no va acorde para ser un Parque Nacional. La gente no tiene consciencia de donde están, no se ubican en tiempo y espacio. Hasta pañales había. Decido que me despertaré temprano para limpiar un poco el lugar y no perderme el amanecer.

No pensé en lo difícil que sería armar mi carpa en la playa hasta que me vi peleando con el viento, que sencillamente no me estaba colaborando. Una vez armada y después de evitar que se la llevase el viento terminé acampando unos cuantos metros más atrás de donde pensaba hacerlo originalmente. El viento se había llevado mi carpa. Tuve que inmediatamente meter la mochila en el interior y comenzar a colocar los clavos.

Mi palacio frente al Mar Caribe.

Casa lista, ahora era el momento de comer, ni siquiera había almorzado. Mientras comía una deliciosa pasta con pollo el cielo se oscureció. Un libro sobre la autonomía Indígena en el Ecuador me acompaño durante la noche. Dejé la puerta de la carpa abierta para que la brisa me impregnara de su frescura y de su olor. De pronto comenzó a surgir algo del agua, se veía una radiante luz, subió a los cielos rápidamente y su luz se reflejó sobre todo el mar. Me bendecían desde lo alto, me regalaban una magnifica vista –la mejor que haya visto hasta entonces-. Una súper luna brillaba para mí. Fue el foco que alumbró mi casita esa noche. No puedo describir con palabras lo magnífico del momento. Ya no necesité la lámpara, con su luz me bastaba.

La luna que brilló para mí esa noche.

Todo el trajín del día estaba surtiendo efecto sobre mí. Caí como un tronco. Dormí toda la noche con el sonido de las olas amenizando el ambiente. Despierto temprano, 5:30am para ser exactos. Estoy acostumbrado a levantarme a esta hora. Lo sé, es triste. Pero esta vez valió la pena. Comencé a recolectar un poco de la basura que había en el lugar, no pensé que acumularía tanta, solo había llevado una bolsa pequeña, pero me las ingenié para que toda la basura entrara allí. Aun así, quedó basura que no pude recolectar. Botellas de refresco, cerveza, aceite de motor, pañales, vasos, bolsas. Un sinfín de basura dejada allí por aquellos que se hacen llamar “Humanos”.

El cielo me estaba recompensando. Me regaló de los amaneceres más bonitos que he visto. Es impresionante como todos los colores se reflejan en el agua creando una serie de contrastes alucinantes. Dicen que el hombre se enamora por la vista, Morrocoy ya me ha enamorado.

El amanecer que me regaló Morrocoy lo guardaré siempre conmigo.

Desayuno ansioso, quería estar dentro del agua tan pronto como fuese posible. Así fue, no había un alma en la playa, estaba amaneciendo, ella estaba allí para mi solito. Temperatura perfecta, ni fría ni caliente. Me la gozo, canto, me sumerjo, nado, canto más fuerte –total, nadie me escucha o al menos eso creo-, me enamoran sus azules. Algunos peces pasan cerca de mí. Todo está en armonía. Pienso, medito, floto y nuevos proyectos vuelan por mi mente.

Descubro que quiero ser como Morrocoy. Quiero un alma tan clara y tranquila como sus aguas y quiero ser el reflejo de las buenas cosas.

Las horas pasan, la gente empieza a llegar a la playa y me hago amigo de un pescador, le pregunto sobre Tucacas, me dice que está insegura, que antes no era así. Que venir y quedarse en la playa también es peligroso. Me cuenta por qué prefiere pescar de noche. Me comenta sobre el problema de la basura, de la inconsciencia de las personas y de problemas en los pagos al personal del Parque Nacional.


Me despido de mi amigo y me dispongo a desarmar la casita, guardo todo en el bolso. Me encuentro en la playa un pedazo de alambre que utilizo como amarre para el tirante roto de mi bolso – ¿ven como cualquier cosa se puede encontrar allí?-, me pongo nuevamente la mochila, el amarre quedó muy bien. Me despido de Morrocoy y regreso feliz, llevo en mi mochila nuevos recuerdos, nuevos paisajes y nuevos colores y en mi rostro una sonrisa que no me la quita nadie.

De regreso.


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